Lo malo de la infelicidad es que tiende a aferrarse a la consciencia y absorbe nuestra atención.
Además puede provocar la activación de partes de nosotros mismos que odian estos estados mentales, es decir, los estados mentales de infelicidad, y esto es lo mismo que decir que uno pasa a odiarse a sí mismo cuando no se siente bien o está insatisfecho.
Esto seguirá siendo así mientras el individuo se sienta incapaz de obtener por sí mismo la satisfacción que cree que necesita y, simultáneamente, carezca de esperanza de que ésta le llegue a través de una ayuda exterior altamente valorada.
¿Salida?
El poder de la renuncia siempre está ahí:
Cuando deseamos algo porque lo consideramos muy importante, o indispensable, hacemos todo lo posible por conseguirlo, pero si no lo logramos, nos sentimos desesperados, y pasamos a un estado en el que lo que esperamos es que, lo que necesitamos, nos sea facilitado con ayuda externa; si esto último tampoco se produce, nos sentimos desvalidos.
Cuando ambos sentimientos se combinan, o sea, desesperación y desvalimiento, se queda el organismo cuerpo-mente vulnerable a todo tipo de trastornos.
Sólo la renuncia a aquello que estábamos deseando, o más bien necesitando, nos puede sacar de esa situación tan propicia a la enfermedad.
Este proceso puede ser acelerado con la práctica de una intensa presencia:

En la época en la que estaba formándome en mi especialidad, asistí a un curso completo de "entrenamiento autógeno", dirigido por el Dr. José Luis González de Rivera en el servicio en el que yo trabajaba.
Eran unos ejercicios muy concretos de relajación a través de las sensaciones de peso y calor en las extremidades, junto con otros ejercicios más, los cuales se suponía que te debían de llevar a un estado mental al que se le denominaba "estado autógeno". Se trataba de la técnica de relajación de Schultz.
Yo llegué a ese estado al que se pretendía llegar, y me di cuenta de que, de forma natural, llegaba a él en determinadas circunstancias en las que me quedaba como anclado completamente en las sensaciones del presente, con la vista relajada y vagamente dirigida al infinito, con una atención que podríamos llamar flotante y solía producirse bajo el influjo de algunos estímulos como una puesta de sol, reflejos etc.
¿No notan que les afecta de alguna manera especial la percepción de la imagen de arriba?
Tal vez noten que entran en el estado del que les hablo, el estado autógeno, porque sin pretenderlo se hacen conscientes de su respiración, la cual se hace más profunda, y se quedan como suspendidos por las sensaciones que les vienen aqui y ahora.
Se quedan como anclados en lo que sienten; su cuerpo, su tono emocional, y los estímulos que captan sus órganos sensoriales.
No se trataría de ningún trance hipnótico, ya que en este último se produce un estrechamiento de la conciencia; mientras que en este estado del que estamos hablando lo que se produce es en realidad una ampliación de la consciencia a todos los estímulos del momento presente.
Podríamos decir que es un instante en el que se vive intensamente el "yo como experiencia". El estado autógeno sería, pues, su realización; la realización del "yo como experiencia".
No solamente se puede alcanzar un estado de intensa presencia practicando el entrenamiento
autógeno.
Algunos años antes de este curso pude comprobar los similares beneficios de la técnica de Roger Vittoz, quien trató a Alber Einstein, el cual la valoró muy favorablemente.
Recientemente he practicado Mindfulness con Andrés Martin Asuero, obteniendo los mismos resultados.
En realidad se vienen utilizando técnicas de meditación, la cuales tienen como denominador común la práctica de la presencia, desde hace miles de años en todo el mundo, especialmente en Oriente.
En todo caso conviene tener claro que lo esencial es la práctica de la presencia, para lo cual, al final, no es necesario método alguno.