domingo, 13 de marzo de 2016

Mentalización y Espiritualidad


El despertar consiste en dirigir la atención hacia el gran yo ("Yo como experiencia") y utilizar el pequeño yo para lo estrictamente necesario.

El pequeño yo ("Yo como objeto") es manipulable y lo utilizamos como estímulo.

Es necesario querer despertar y estar dispuesto a renunciar al estímulo del pequeño yo.

El estímulo del "pequeño yo", como toda droga, acaba produciendo sufrimiento y ésa es una buena razón para querer despertar, aunque también es necesario tener la experiencia consciente del poder que trae consigo la identificación con el "Yo como experiencia" y para eso es necesario practicar la presencia tanto como a uno le sea posible.

Con esta práctica se gana, entre otras cosas, en mentalización, es decir, la capacidad de interpretar el comportamiento propio o el de otros a través de la atribución de estados mentales. El concepto de mentalización ha sido creado por el psicoanalista Peter Fonagy.

La comprensión del estado mental propio, o del otro, no puede ser entendido, en profundidad, desde una perspectiva analítica sino desde la inteligencia intuitiva que se halla y surge en la presencia.

Sin embargo para llegar a dicha fase, llamémosla de sabiduria, hace falta reflexión previa, por ejemplo sobre la ingenuidad, suspicacia, proyección, egocentrismo etc.

Para la meditación el lenguaje sobra, pero para la reflexión es imprescindible y cuanto más rico sea éste, mejor.

La mentalización es un concepto útil para la reflexión antes de practicar la presencia, la cual es la herramienta más potente para despertar y la identificación con el verdadero yo, el gran yo, el "Yo como experiencia".

La técnica psicoanalítica de Peter Fonagy, llamada mentalización, sería como ponerle unas gafas a alguien que ve borroso.

Este "ver borroso" no es bueno para la autoestima del paciente por los fracasos sociales que provoca.

Estas gafas harían que el paciente vea mejor y tenga más éxito en sus relaciones interpersonales, lo cual es básico para la satisfacción con la vida.

Este es el fin de toda psicoterapia, facilitar a alguien que mejore su autoestima para ser más feliz a través de poder disfrutar de una mejor relación con el mundo exterior.

El fin de la espiritualidad es la disolución del ego (autoimagen-autoconcepto, "pequeño yo" o "Yo como objeto"), a través de la identificación con la consciencia.

La identificación con la consciencia se consigue dirigiendo, cada vez más, el foco de atención al yo-consciencia ("Yo como experiencia").

Este proceso de desidentificación con el ego lleva finalmente a la liberación, la cual es la fuente de la felicidad interior, es decir, una paz que no depende de si el exterior le hace a uno feliz o no

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